Hace ya casi tres años nos trasladamos a vivir a Dinamarca, el país de mi esposo Søren. Antes siempre, como familia, vivimos en Nicaragua, y por un corto periodo de cuatro años en Venezuela.
La vida al otro lado del océano es bastante diferente. Más bien el estilo de vida. En Nicaragua siempre trabajamos los dos, llevamos una vida bastante desahogada, relajada en lo que a dinero se refiere, rayando en el cosumismo pues. Igual en Venezuela, aunque yo sin trabajo remunerado, había ingresos suficientes. Sin embargo por todo había que pagar.
Pagás por el colegio, por el médico, por la gasolina, porque no se puede ir a ningún lado sin carro. Por los lugares recreativos, y por la seguridad propia.
Aquí la educación, la salud y hasta el dentista para los niños menores de 18 años es gratuita. La gasolina dejó de ser un problema para mí desde que me volví ciclista-peatona. Salgo de mi casa a veces hasta sin cerrar con llave la puerta principal, y con sólo caminar calle abajo por el barrio disfrutamos el lujo del aire libre sin restricciones ni miedos.
Supongo que poco a poco voy entendiendo más la cultura danesa. Siempre me parecieron divertidos, amables, ordenados, planificadores y sobre todo bien trabajadores los daneses. Me llamó siempre la atención todo el trabajo dedicado a sus casas, y jardines. Ahora que vivo los días bonitos y también los inviernos duros junto a ellos, les veo más de cerca las caras. Descubro las arruguitas, las sombras y los pequeños defectos. Pero también me acostumbro a las cosas que antes veía magníficas. Y cuando no se me presentan con la perfección en todo su esplendor, me quejo.
Espero, de todas formas, contagiarme un poquito algo de lo que admiro en ellos. Y aunque les veo las caras feas, también, mientras más aprendo de su historia, entiendo el por qué de ellas. Basándome en mis investigaciones y estudios, es una sociedad donde el "Puritanismo" como tendencia, o como fase social, formó las raíces de lo que Dinamarca es hoy. En pocas palabras, el trabajo constante como algo indiscutible, pero sin demostrarlo o sin hacer gala de él. Esta filosofía me gusta. Hasta cierto punto, pero ese es material para otra entrada en este blog.
Mi convivencia con Søren me hizo conocer algo de su modo de vida, aun antes de vivir aquí. Y como pasa siempre en la vida de pareja, algo del uno se nos pega al otro. Me pareció bien tratar de enseñarle a mis hijos a apreciar sus bienes materiales, sin ponerlos tampoco como punto central de sus vidas, más bien aprender que lo que poseemos no viene de la nada. Se gana. Tratamos de no darles cualquier juguete, en cualquier momento, sólo porque lo quieren. Más bien atesorar los momentos donde los regalos vienen como algo especial, el cumpleaños, la navidad o algún pequeño premio. Claro, luego se volvieron expertos en identificar todos los feriados a ver si así recibían alguna dádiva. Raras veces les funciona.
Esta disciplina, por así decirlo, unida al costo tan alto de la vida aquí en Dinamarca, nos vuelve aún más "puritanistas". Me imagino que alguna que otra de las características que admiro en los daneses, se me habrá pegado, en efecto, y ahora entiendo también por qué. Planifico los gastos de la semana, trato de hacer un menú establecido para cada día y así comprar lo que necesito para evitar los desperdicios; hacemos todo lo posible por realizar los trabajos menores, y a veces un poquito mayores, de la casa nosotros mismos. Le damos mantenimiento y limpieza profunda a nuestros "bienes", y el trabajo en el jardín es primordial. La inversión de plantas da ánimos suficiente para no desfallecer en la ardua labor.
Se trata a veces hasta de equilibrar y priorizar los gastos. Escoger entre comprar cascos de bicicleta para los niños o pintar las paredes del cuarto. Hasta el detalle de compartir la experiencia de estos remiendos presupuestarios es señal de cambio.
Hoy comprobé entonces que la lección del día estuvo aprendida, cuando leyendo yo el periódico, de repente mi hijo Sebastián, de casi 12 años, me pidió permiso para leer un anuncio laboral de un cuarto de página, publicado por el mismo periódico, ofreciendo trabajo a los jóvenes de más de 13 años, para trabajar en las vacaciones de verano por las tardes en pequeñas rutas, distribuyendo el diario o los paquetes de catálogos publicitarios.
Lo que me lleva a concluir, que ya que el requerimiento básico para aplicar a este oficio es tener bicicleta, hago bien en priorizar la compra de los cascos de seguridad.
Para ilustrar un poco la idea de las bases de la sociedad danesa, les dejo esta pequeña ventana que cuenta de una película "La fiesta de Babette" la cual retrata la tendencia puritanista de la que hablo. Tal cual. Si tienen chance busquen y vean la película completa, porque aparte de todo es muy buena.
"Siglo XIX. En una remota aldea de Dinamarca, dominada por el puritanismo, dos ancianas hermanas, que han permanecido solteras, recuerdan con nostalgia su lejana juventud y la rígida educación que las obligó a renunciar a la felicidad. La aparición de Babette, que llega desde París, huyendo del Terror, cambiará sus vidas. La recién llegada tendrá pronto ocasión de corresponder a la bondad y al calor con que fue acogida gracias a sus artes culinarias."
http://www.youtube.com/watch?v=3f_dFZj-1tI

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